El pez por la boca se cae de bruces o “señor dentista, la sutura le quedó un poco larga”

Después de la última entrada a esta bitácora (la anterior, pobre, tan desafortunada y fea y gorda) abandoné este rinconcito de odio y miseria.  Sin embargo, la pena ajena que me llevó a abandonar mi blog (sí, claro, con eso de que la mayor parte de los bitacoristas que hablan de sí mismos cuentan aventuras que nunca sucedieron y escriben de sí como si fueran las personas que siempre soñaron ser, me permito separarme de mi personalidad bitacorista y también me permito darme pena ajena a veces) se disipó y ya estoy de nuevo acá porque hoy desperté intolerante, como casi siempre.

Para no aburrirlos y no parecer demasiado llorón, resumiré mi historia: sucede que un par de dentistas hicieron carpaccio con mis encías y, desde entonces no puedo hablar, fumar, beber cosas calientes y blah, blah blah ¿de qué se vive en esta situación? de nieve de limón. El amor a esta nieve se pierde en menos de un día (sobre todo en este agradable invierno) y entonces  uno se aventura a comer otras cosas ¿cuáles? lo que está a la mano: cosas blandas.

Lo malo es que, a menos de que uno quiera meter un rico estofado (o unos tacos o lo que sea) a la licuadora antes de comerlos o ser lo suficientemente afortunado de tener como pareja a alguien con problemas de reflujo y que tenga ganas de compartir la merienda al estilo gaviotas, no hay mucho más que comer que  las papillas de bebé. Y eso comí. Algo que hay que considerar es que TODAS son dulces. Ahora sigo teniendo hambre y estoy al tope de azúcar y por eso ha de ser que recuerdo una preciosa y cursi historia de mi adolescencia.

Tiempos de preparatoria, por supuesto. Quién sabe por qué la mayor parte de las primeras novias con quien estuve, eran adeptas a la religión católica y eso (traducido en la extraña ilusión por llegar al altar “de blanco”) hacían que la vida fuera tensa e incómoda y que hubiera horas de charlas de la liberación sexual, como si regresáramos a los años 60 o antes…  y besuqueos y arrumacos… y mucha paciencia.

En fin, en realidad a quien me enfrentaba era a su madre.  Un monstruo que tenía una imaginación muy activa (o con mucha experiencia) y que se imaginaba cuáles eran mis intenciones. No estaba errada, claro. Quizás se imaginaba más que lo que yo. Nunca lo sabré, ja.

El caso es que mi novia me traía tantas ganas como yo a ella. Un día fuimos temprano a su casa para aprovechar el tiempo que su madre estaría fuera. Dejamos las mochilas de la escuela en la sala y nos fuimos a su cuarto…

- Shhhh…  Ese ruido.

- ¿Qué ruido?

- Es el coche de mi mamá.

-No ¿será…?

-¡SI ES!

Un salto de terror y extrañamente ya estábamos vestidos, en nada, aparecimos en la sala y de pronto yo tenía en la mano una taza de café y un cigarro a medio fumar; ella estaba peinada y reía de algo que yo le contaba. La suegra entró a la casa y nos miró con esos  ojos chiquillos, mostrándome los dientes inferiores. Era un pequinés guardián de su niña. Traía unas bolsas del súper mercado y yo me levanté al verla entrar.

-Buenas tardes, señora.- le dije antes de hacer una sonrisota que iba de los caireles de un lado de mi greñero a los del otro lado -Déjeme ayudarla.- Creo que fue la primera vez que la vi abrir los ojos. La maldita arrugó la nariz y se fue a la cocina. Me volví hacia mi novia para que me explicara qué había pasado, pero la pequinesa ya la llamaba a gritos para regañarla.

Sabía que tendría que abandonar ese sitio cuanto antes, pero antes de hacerlo fui al baño al escuchar los primeros gritos que se compartían madre e hija (el camino era largo y el café haría que mi viaje fuera muy incómodo) ¿Cómo se había dado cuenta? ¿el olfato? no, para eso había sido el cigarro. Me llevé las manos a la nariz… apenas perceptible, no, no. Los gritos subían de intensidad afuera y me apuré a lavarme las manos para irme. Ahí frente al lavabo me di cuenta: ensayé la misma sonrisa que había hecho unos momentos antes y vi que entre mis dientes frontales, los grandes, estaba atorado un precioso pelo.

Sí, uno de esos.

Caray. Que mal recuerdo ahora que estoy recién operado de las muelas.

Una respuesta hacia “El pez por la boca se cae de bruces o “señor dentista, la sutura le quedó un poco larga””

  1. jajajajjajajjajjaja que asco lo de la gaviota jajjaja, pero si que puta chinga eso de los gerberes, que gusto que hayas regresdo Catemaco, ya se te extrañaba, jajajaj y que risa con la pekinesa jaajjajajjajaj ay hasta me dolio la panza jajajjajjaja

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